“Dejemos de hablar de islamofobia, pues no existe tal cosa”

Cuestionando términos

Al margen de que el término “islamofobia” carece todavía de consenso (al contrario de lo que sucede con otros de análoga significación como la homofobia, xenofobia o judeofobia, haciendo referencia al antisemitismo), tras el recurrente y constante empleo de esta palabra, creo que debiéramos comenzar a analizar si es correcta o si se nos intenta disuadir con ella acerca de cualquier crítica o disquisición acerca del Islám, por temor a ser criticados si nos pronunciamos en contrario. Y es que, a mi parecer, se están mezclando “peras con tornillos” en aras de conseguir un control social informal a través de “la moderación” de la opinión pública.

Personalmente, considero que podemos hablar de racismo cuando se realizan ataques indiscriminados y concretos contra la comunidad musulmana por el mero hecho de ser extranjeros o por razones de etnia o religión; pero no, no creo en la famosa “islamofobia” ya que pienso estamos frente a una distorsión terminológica por dos motivos:

  • El concepto de fobia. La base de la fobia, en cualquiera de sus variantes, es el miedo irracional hacia un objeto o individuo (o grupo) concreto; es decir, el temor se fundamenta en una causa inexistente y carente de motivos reales, palpables. Además, ese sentimiento viene provocado, en todo caso, por la percepción de una amenaza que representa poco o ningún peligro real. Por ello no creo que podamos hablar de “islamofobia”, ya que como se dice en el ámbito jurídico, “no se cumplen los requisitos del tipo”.

Y no se cumplen porque, Tristemente, es una realidad, que dentro del islam hay una más que notable, amplia y representativa facción radical que está ya atentando contra el orden público y contra nuestra integridad física; poniendo en riesgo y arrebatándonos el bien más preciado, la vida. Así que no podemos hablar de fobia, pues existen motivos racionales, palpables y que constituyen una amenaza de peligro real y de consecuencias devastadoras.

“Y Si son terroris…Shhhh…si no nos matan, podrían demandarnos”

“Y Si son terroris…Shhhh…si no nos matan, podrían demandarnos”

Además, la especificidad del hecho recae en que estos sujetos pertenecientes a esta rama del islam, se esconden entre aquellos que nada tienen que ver con sus objetivos y cuyo único vínculo es la religión pero que por lo tanto, esta incapacidad de discernir “el bueno del malo”, fomenta la inseguridad en el ciudadano. Inseguridad cuya percepción, repito, es plenamente fundada.

A todo lo anterior, hay que añadirle las características propias del terrorismo islamista que, haciendo empleo de la figura del “lobo solitario” como estrategia principal de ataque, nos llevan ante la casi imposibilidad de poder prever cuando se va a producir un nuevo atentado. Esta circunstancia también aumenta los niveles de alerta y temor.

  • Por lo innecesario e incoherente de crear un término específico y equiparable a la homofobia o antisemitismo

Tras lo expuesto en la primera argumentación, podemos ver pues que tanto en el odio al judío como el odio al homosexual, sí carecen de fundamento racional. Ni judíos por su condición de judíos, ni homosexuales por su condición de homosexuales, supusieron ni suponen un peligro derivado de su condición. No hay ninguna razón, causa o hecho objetivo que explique la aversión y ataque de ciertos individuos o colectivos hacia estas personas, así como tampoco cabe causa objetiva de temor. Por no darse, no se dan tan siquiera choques de índole cultural en estos casos.

A su vez, ambos grupos (homofobia y antisemitismo) llevan una carga histórica a sus espaldas de agresiones físicas con y sin resultado de muerte, vulneración de Derechos Fundamentales y exclusión; hecho que no sucede con la comunidad islámica afincada en Europa y concretamente en España. Signo de ello es que, por ejemplo, recibe a nivel institucional las subvenciones que le corresponden para su cobertura religiosa (siendo la que menos recortes ha sufrido en relación a otras minoritarias) al igual que la iglesia católica, disponiendo de un amplio acuerdo de colaboración con el Estado que se remonta al año 1989; lo que indica que gozan de un estatus de integración social más que asentado.

Por todo lo dicho hasta el momento, no comparto la idea de hacer equiparaciones terminológicas a otros tipos de discriminación arraigados y latentes, como es el caso dela homofobia o judeofobia, ya que entiendo que la creación del concepto “islamofobia”, lleva a una confusión que desemboca en la victimización, excediendo así el concepto de víctima.

Lo que actualmente estamos denominando como islamofobia, encuadra ya en el concepto de xenofobia, más concretamente en el racismo, como ya he dicho, en aquellos casos que se haga alusión negativa a este grupo por el mero hecho de ser extranjero o por motivos de religión o etnia. Sin embargo, con esta nueva denominación se está elevando el concepto ya existente de xenofobia a una categoría percibida socialmente como una agravación, que en este caso concreto no considero justificada.

Independientemente, lo aquí expuesto no implica que yo esté a favor de la discriminación del ciudadano musulmán o que niegue la existencia actual de conductas proclives y preocupantemente crecientes hacia la misma. Tanto el Estado como la sociedad en su conjunto, han de enfocar sus acciones hacia la integración, la tolerancia y la lucha contra el racismo o cualquier forma de discriminación, así como se ha de fomentar la interculturalidad alejándonos del multiculturalismo; castigando con contundencia a aquellos que decidan llevar acabo tales conductas. Lo que sí que no pienso hacer, es dejar de hablar claro y expresar lo que considere necesario por ese temor a la crítica populista la cual, aviso, me importa bien poco; por no decirlo de un modo más “popular”.

Autora: Marta Gil

Estudiante de último curso del Grado en Criminología y Seguridad

Marta Gil

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